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Cobra Kai 3: todo lo que los karatekas quieren

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Cobra Kai 3: todo lo que los karatekas quieren

El hype del staff mutante con esta serie es innegable, por lo que nos hemos ido turnando para criticar cada temporada… esta vez, le tocó el turno al doc ¡Hajime!

Cobra Kai es quizá el único derivado de la industria de la nostalgia que ha logrado conquistar mi endurecido corazón de televidente harto de que le vendan argumentos flojos, mil veces vistos antes, apelando al «homenaje». Series como Stranger Things y libros/películas como Ready Player One son ejemplos de productos que no se esfuerzan en tener ni un átomo de originalidad, con personajes tan chatos como el encefalograma de sus creadores, pero plagados de referencias ochentosas que arrojan a mansalva en un esfuerzo por distraer a los fans de lo obvio: no tienen nada para dar y solo pueden canibalizar obras anteriores a las que no les llegan ni a las rodillas.

Cual Daniel San haciendo la grulla en el tocón, Cobra Kai supo encontrar el justo equilibrio entre las referencias a las diversas películas de Karate Kid y los elementos nuevos, lo que le permitió tener una identidad propia. Además, la serie en ningún momento intenta investirse de ese barniz de supuesta profundidad que tan mal les queda a otras producciones; lejos de ser pretenciosa, Cobra Kai se presenta honestamente como lo que es: entretenimiento puro y duro. Por eso no solo no teme burlarse de la saga en la que se inspira: lo hace con completo descaro y muy buen tino.

Cuando el año pasado Youtube anunció que la tercera sería la última temporada que vería la luz, a todos los que disfrutamos con cada episodio se nos vino la noche. Pero al amanecer del quinto día, mientras vigilábamos el oriente, vimos llegar a ¿Gandalf? No, más bien Netflix. En 2020 la plataforma de streaming rescató la serie, incorporó las dos primeras temporadas a su grilla (incrementando enormemente su popularidad), anunció que la tercera estaría disponible a partir de este año y por supuesto se comprometió a producir nuevas entregas. Inicialmente anunciada para fines de enero, la presentación de la parte tres se vio por suerte adelantada y el primer día de 2021 despertamos listos para atarnos la vincha, poner el casete de Peter Cetera[1] y disfrutar.

 

UNIDOS VENCEREMOS, DESPARRAMADOS ¿QUÉ HAREMOS?

Tras el enfrentamiento en la escuela con el que se cerraba la segunda parte, el panorama es oscuro para Daniel Larusso (Ralph Macchio) y Johnny Lawrence (William Zabka). El primero no solo tiene a todos sus discípulos dispersos, sino que ve peligrar su cadena de concesionarias porque el público lo asocia con la violencia escolar. El segundo ha perdido su dojo a manos de su antiguo Sensei y villano estelar de la serie, John Kreese (Martin Kove). Ambos se sienten culpables porque Miguel (Xolo Maridueña) haya quedado en coma a causa de una caída provocada precisamente por el hijo de Johnny, Robby (Tanner Buchanan).

A los chicos no les va mejor: Samanta (Mary Mouser) sufre un fuerte trauma psicológico a causa del ataque de Tory (Peyton List) que dificultará sus intentos por reemplazar a su padre como fuerza unificadora de Miyagi-Do, mientras que, bajo la brutal tutela de Kreese, y con la excusa de vengar a su compañero caído, los Cobra Kai comienzan a convertirse en un peligroso grupo de matones dispuestos a todo.

 

SI NON CONFECTUS NON REFICIAT (SI NO ESTÁ ROTO, NO LO REPARES)

El desarrollo de la trama no difiere mucho de las anteriores. Si en las primeras se aplicaba la siempre exitosa fórmula del «Karate Instantáneo», en la que un alfeñique de 50 kilos se convierte en hábil luchador de la noche a la mañana, en esta se agrega también la «Recuperación Instantánea»: no importa si es un coma, una parálisis o una fractura de brazo, no hay nada que no se cure de un episodio al otro con un poco de constancia y rock and roll de los ochenta.

¿Acaso me estoy quejando? En absoluto. Todo aquel que no entienda que esas son las reglas del juego no debería ver la serie, así como todo el que no entienda que la bomba se desactiva cuando falta exactamente un segundo no debería ver películas de acción. La verdad es que los patéticos intentos iniciales de Johnny por acelerar la recuperación de Manuel son algunos de los momentos mas cómicos de la serie. Me atrevería a decir que el patetismo general del Sensei en ciertos aspectos, como su incomprensión de la tecnología o su prácticamente nula capacidad para las relaciones humanas, constituye el 50% del encanto de la serie. Y quizás me esté quedando corto.

Las apariciones especiales son otro recurso que vuelve a ser profusamente utilizado. Un viaje de Daniel a Okinawa será la excusa para traer de regreso a algunos de los protagonistas de Karate Kid II. Lejos de verse forzados, estos cameos están bien enlazados en la trama y a la postre resultan imprescindibles para su resolución. Sin ánimo de spoilear, el regreso más esperado se produce cerca del final y acaba siendo decisivo para generar el mínimo nivel de empatía entre los dos protagonistas que venimos deseando desde la reaparición de Kreese. La próxima temporada podría darnos una grata sorpresa con respecto al reciclado de personajes de la saga, al menos a juzgar por una escena que se produce casi al final del último episodio. Pero no diré más.

Punto en contra, para mi gusto, es el de las peleas. Los enfrentamientos, sobre todos los grupales, se ven un poco acartonados, demasiado coreografiados, como si se tratase de un baile aburrido y lento en lugar de una lucha cuerpo a cuerpo. Mi amigo y compañero mutante Matias Saía[2] me acusó de poner la vara demasiado alta cuando cité los excelentes combates de Dare Devil y probablemente tenga razón, pero creo que de todos modos deberían mejorar ese aspecto.

Los pases están una vez más, a la orden del día. Algunos abandonan su dojo para seguir a otro Sensei, otros son expulsados y otros toman el camino errado por las razones equivocadas, pero lo cierto es que son pocos los que acaban la temporada con el mismo equipo en el que la comenzaron, tal como viene pasando desde el principio de la serie. Esto significa que casi cualquier «bueno» puede pasarse al lado oscuro y casi cualquier «malo» puede redimirse; posibilidad que solo parece estarle vetada a Darth Kreese. Pero, aunque no haya redención, habrá justificación o al menos, explicación, que llegará en forma de flashback de la guerra de Vietnam para demostrarnos cómo y por qué «llego este individuo a ser lo que es», parafraseando a Serrat. Algo similar ocurre con Tory; la violencia y la ira que la desbordan se ven contextualizadas por su situación personal, probablemente abriendo camino para un futuro cambio de bando (o no, ya veremos).

El final resuelve algunas de las cuestiones planteadas, pero por supuesto, habrá que esperar a la siguiente entrega para saber como acaba realmente la cosa (y presumiblemente, como empiezan cosas nuevas).

 

YING/YANG Y CHIN/CHON

En definitiva, Cobra Kai conserva su espíritu intacto y esto es muy bueno para todos los que la amamos, pero también es una señal de alerta: la fórmula es resistente, pero no inmortal. Mas temprano que tarde, «queremos más de esto» se convertirá en «ya no queremos mas de lo mismo» y es de desear que los showrunners sepan anticipar ese momento y reinventarse de algún modo o dar por finalizado el proyecto antes de que sea demasiado tarde. Por lo pronto, ese día no parece estar cercano. Habrá que esperar a ver qué tal se desenvuelven en la siguiente temporada, la primera que completamente gestada en su nuevo hogar y si las pautas que les marque Netflix logran encaminarlos a nuevos horizontes, sin perder todo aquello que los ha colocado donde están: siendo una de las series más entretenidas de los últimos tres años.

Sayonara.

 

[1] Sí, ya sé que The glory of love es el tema de Karate Kid II, pero el de la I no me gusta.

[2] A quién también debo el título de esta nota.

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