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Vivir sin permiso: aunque la telenovela se vista de seda…

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Vivir sin permiso: aunque la telenovela se vista de seda…

Hoy analizamos una «serie» (más bien, telenovela) española que ha dado mucho que hablar y no es La Casa de Papel.

Vivir sin permiso comienza cuando al empresario gallego Nemesio Bandeira (José Coronado) le diagnostican alzhéimer. Esta noticia, muy mala para cualquier persona, es especialmente complicada para alguien en su posición. Y es que «Nemo», como lo conocen todos en el pueblo costero de Oeste, es el zar de la droga local. De hecho, la frase que da título a la serie se relaciona con algo que suele decirse allí «ahora vives con permiso de Nemo Bandeira».

FALSAS PROMESAS

Semejante comienzo me pareció muy prometedor: pensé que estaba a punto de ver un thriller con una muy particular vuelta de tuerca. Sensación que se vio acentuada cuando en una de las primeras escenas vi a Ferro (Luis Zahera), la mano derecha ejecutora de Nemo, «revocándole el permiso» a uno de sus hombres. Violencia, narcotráfico… y alzhéimer. Vaya combo. Añadámosle un pasado que se va desgranando migaja a migaja, mediante flashes que apuntan a contarnos como llegó el protagonista a ser quien es, y qué fue quedando en el camino. A esas alturas ya estaba tan interesado que ni siquiera me asustaba la extensión de los episodios: 75 minutos en promedio cada uno de los 23 capítulos que componen sus dos únicas temporadas.

Desgraciadamente, todo queda en agua de borrajas. A medida que avanza la trama, los flashbacks sirven más que nada para saber que Nemo nunca olvidó a su primer amor, Ada (María Guinea) a quién abandonó cuando estaba embarazada de Nina (Claudia Traisac) para casarse con Chon Moliner (Pilar Castro) y acceder a la fortuna de su padre, lo que le permitió financiar su negocio de drogas y también su tapadera legal, la empresa Open Sea. Además de Lara, Nemo tiene otros dos hijos (estos con Chon, claro): Nina (Giulia Charm) y Carlos (Àlex Monner) y un ahijado, Mario Mendoza (Álex González), que oficia de abogado de la empresa y es una mala copia suerte de Tom Hagen. El guion entonces, parece orientarse hacia la lucha por la sucesión cuando Nemo, aún sin dar las auténticas razones, comienza a hablar a sus hijos sobre la posibilidad de que uno de ellos se haga cargo de la empresa. ¿Quién será el elegido? ¿La organizada Nina, que lleva una vida preparándose para esto o Carlos, el hijo homosexual con un fuerte problema de adicción que no hace más que derrochar el dinero de su padre? ¿Y cómo se lo tomará el ambicioso Mario? No importa mucho, porque tampoco es por ahí que va la cuestión.

¿Y de qué va entonces? Va un poco de cada uno de los temas mencionados y mucho, pero mucho, de los amores y desamores de los protagonistas, a menudo entrecruzados y paralelos. Es que Vivir sin permiso, mis queridos lectores, no es una serie. Es una novela. Paquita la del barrio, pero con narcos. Aún el recurso mas interesante que tiene la historia (la enfermedad de Nemo y cómo afecta sus negocios) pierde efectividad en cuanto los escritores empiezan a encenderlo y apagarlo a voluntad: el hombre olvida, recuerda, se somete a tratamientos experimentales y sufre recuperaciones y recaídas según las necesidades de la trama.

Como en muchas otras novelas, los personajes aparecen, desaparecen y reaparecen sin demasiada lógica. Allá por el décimo episodio entran en escena Berta (Leonor Watling), la hermana de Chon de quién hasta el momento no conocíamos ni su existencia y su hijastro Daniel Arteaga (Patrick Criado). Berta lleva viviendo en México desde que se casó (vaya, ha de ser una costumbre familiar) con un importante narcotraficante azteca: Germán Arteaga (Ruben Zamora). A partir de ese momento, lo que venía siendo una telenovela española se convierte en un culebrón mexicano en toda regla.

Esta producción se estrenó en España el 24 de septiembre de 2018, aunque llegó a Netflix un poco más tarde. La segunda temporada vio la luz el 13 de enero de 2020 y se compone de diez capítulos (tres menos que la primera). Es en esta segunda parte donde la debacle del programa se acentúa y se abandona toda pretensión de credibilidad para echar mano de los mas endebles recursos con los que se construye un teleteatro: situaciones inverosímiles, personajes que cambian de bando y de actitud como de ropa y subtramas que quedan olvidadas cuando los escritores parecen perder el interés en ellas. Por dar algunos ejemplos: apenas comienza a sufrir los efectos de su enfermedad, Nemo hace instalar cámaras en varios lugares, utilizando muchas veces las grabaciones para revivir cosas que ha olvidado o para espiar a otras personas… pero en un momento dado, deja de recurrir a ellas, por mas que le hubiesen sido muy útiles. Y no me vengan con que se le olvidó, porque otros personajes también lo saben y ellos no tienen alzhéimer. Mas adelante, un personaje finge estar catatónico y logra engaña incluso a los profesionales, pese a que lo hace en forma bastante negligente (se sienta y se para de la silla de ruedas, hace gestos a los que saben de su condición cuando otras personas a las que pretende engañar están presentes). El Pazo, la residencia de los Bandeira, debe ser la única mansión del planeta en la que vive un acaudalado empresario y jefe mafioso, pero a la cual puede colarse cualquiera sin ser visto siempre que lo quiera… o que les sirva a los guionistas. Y paro allí para no hacer spoiler.

ALGO BUENO HA DE TENER

Si algo despega un poco a Vivir sin permiso de otras telenovelas es la profundidad de algunos personajes y el nivel de las actuaciones. Ferro es tan interesante y están tan magistralmente construido que es imposible no empatizar con él y la mayor parte del público olvida completamente que es un asesino y solo lo recuerda por su fidelidad a Nemo. Hasta a mí me cae bien, aunque no me olvide de que la primera vez que lo vemos, está liquidando a alguien. Otro papel de primera es el de Carlos. Al igual que a Ferro, le toca mas de una vez actuar de alivio cómico, pero logra que sus amaneramientos no sean una burla a la homosexualidad, sino parte del particular encanto del personaje. El protagonista principal también hace un muy buen trabajo, aun cuando los escritores lo pongan en situaciones rayanas en lo ridículo. El resto del elenco tiene un nivel muy parejo. Esperaba mucho mas de Patrick Criado, a quién conocí en Mar de Plástico (2015 – 2016), donde su actuación solo puede ser tildada de excelente. Aquí, lamentablemente, deja bastante que desear, repuntando apenas sobre el final.

En resumidas cuentas, no les recomendaría esta serie a menos que les gusten las novelas. Si este es el caso, sin duda estarán acostumbrados a todas esas peculiaridades que para mí son defectos y podrán unirse a la enorme base de fanáticos que puebla las redes. Y no está mal. No a todos tiene que gustarnos lo mismo.

 

Tiene 46 años, es programador y lee ciencia-ficción desde que tiene memoria, aunque su primer libro "serio" lo leyó a los 12.

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