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Stranger Things Temporada 3: Los chicos crecen. Los guiones, no.

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Stranger Things Temporada 3: Los chicos crecen. Los guiones, no.

Obviedad de obviedades, todo es obviedad. Con este parafraseo de Eclesiastés 1 2 12 8 se podría definir la nueva entrega de una de las series insignia de Netflix.

Hay un dicho bastante común entre los angloparlantes: Fool me once, shame on you. Fool me twice, shame on me. Sería algo así como Si me engañas una vez, que vergüenza para ti. Si me engañas dos veces, que vergüenza para mí. No dice nada sobre el hecho de que te engañen tres veces, así que no sé exactamente para quién es la vergüenza de que me haya puesto a mirar Stranger Things.

SI FUNCIONA, NO LO CAMBIE

La primera temporada de Stranger Things llegó a nuestras pantallas con bombos y platillos. Los Duffer Brothers presentaron su producto como una auténtica superproducción, con un buen elenco, un enorme esfuerzo en lo que a ambientación se refiere y por sobre todas las cosas, toneladas de referencias a la cultura pop de los ochenta. Y la serie tuvo todo eso, a montones. Lo que definitivamente no tuvo (y al parecer, no tiene ni tendrá) es originalidad: el guion recurría a casi todos los lugares comunes de la ciencia ficción y el resultado era absolutamente previsible. Ni una sorpresa, ni un giro, ni un miserable toque de profundidad.

Aunque parezca mentira, lo dicho no es en sí mismo malo: la serie entretuvo, que no es poco y pronto se formó a su alrededor un nutrido fandom, sobre todo a caballo de esa necesidad que parecen tener muchos de los nacidos en los setenta y ochenta de idealizar su infancia. Así, Stranger Things, junto a Ready Player One y otras obras similares, surfeó la cresta de la ola de la Industria de la Nostalgia y se convirtió en un éxito rotundo.

Previsiblemente, llegó la segunda temporada, poco más de un año después. Y previsiblemente, también fue un éxito. Comprensible, dado que no cambiaron ni un ápice la fórmula que habían utilizado en la primera entrega, para alegría de sus fans y tristeza de aquellos que habíamos albergado alguna esperanza de superación de parte de la serie.

La tercera temporada se hizo esperar un poco más: la primera se emitió en 2016, la segunda en 2017 pero esta nueva entrega llegó a Netflix recién en 2019. Podría pensarse que los productores decidieron tomarse un poco más de tiempo para pulir la historia, para reinventar el guion, para salirse de los clichés y darle a la serie un golpe de timón.

Pero no.

EL MISMO DEMODOGO CON DIFERENTE COLLAR

La historia que se nos cuenta a lo largo de los ocho capítulos entrenados el 4 de julio, es básicamente la misma que nos vienen contando desde que comenzó la serie: las criaturas de El Otro Lado están haciendo todo lo posible para pasarse al nuestro, con la colaboración de los científicos y sobre todo los gobiernos humanos. Y los encargados de impedirlo son Once (Millie Bobby Brown) y sus amigos, con alguna ayuda de parte de los adultos. Nada nuevo por ese lado. Entonces ¿por qué el afiche decía que «un verano puede cambiarlo todo»? ¿exactamente qué ha cambiado?

Pues que los chicos ya no son tan chicos, están entrando en la adolescencia y como en casi todas las series de televisión, eso significa una sola cosa:  hormonas, lo que convierte a buena parte de la trama en una especie de 90210 Beberly Hills, versión Hawkins. Y no solo por el lado de los niños, ya que Joyce Byers (Winona Ryder) y Jim Hopper (David Harbour) también se embarcan en un trillado juego de tensión sexual sublimada con enfrentamientos. Todo muy relevante para el guion, por supuesto (inserte meme de Homero diciendo «Por cierto, estaba siendo sarcástico» aquí).

Los pocos nuevos personajes que se introducen están tan desdibujados que es como si no existieran. El desarrollo es igual de previsible que en las anteriores entregas y el final, cuya escena post créditos he visto definir como un «brutal cliffhanger» no es más que un pie obvio para la siguiente entrega. Entrega que está confirmada, y al parecer será la última.

En resumen, Stranger Things conoce a su público. Sabe lo que les gusta y se lo da en generosas cantidades. Todo aquel que pretenda algo más… circule, circule, no hay nada que ver aquí.

 

 

Tiene 46 años, es programador y lee ciencia-ficción desde que tiene memoria, aunque su primer libro "serio" lo leyó a los 12.

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