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Distopía entre dictaduras

CÓMICS DE CULTO

Distopía entre dictaduras

Análisis de Ficcionario, miniserie que marcó el debut de Horacio Altuna como autor integral durante la primera mitad de los ochenta, recientemente recuperada en forma integral por Libros del Quiosquito

Horacio Altuna (Córdoba, 1941) ya había conocido la consagración internacional, a través de las obras gestadas junto a Carlos Trillo (Buenos Aires, 1943-Londres, 2011)  cuando a principios de la década del ochenta decidió emigrar del país para probar suerte en España, con su familia. Los tiempos no eran los mejores, ni acá, con el final de la dictadura cívico-militar en ciernes, ni allá, con la madre patria saliendo de los oscuros años franquistas, pero la posibilidad de un nuevo comienzo personal y profesional para él y los suyos, sedujo al gran dibujante a intentarlo. En la antología de historieta adulta 1984, de Editorial Toutain, se publicaba El último recreo, pero la dificultad en su elaboración, con el guionista en nuestro país y él definitivamente instalado en la ciudad de Sitges, favoreció el hecho de planificar algún trabajo en solitario.

Dado que la publicación se inscribía en lo fantástico y la ciencia ficción, géneros a los que nunca fue muy afecto el creador, la solución que encontró fue concebir la trama como una oscura distopía con ribetes de tinte cotidiano. La obra se compuso de diez entregas, unitarios de entre cuatro y ocho páginas cada uno, que comenzaron a formar parte de la revista a partir de 1983, entre los números 50 y 62. Al año siguiente cinco capítulos llegaron a ver la luz en nuestro país, dentro de las páginas de Fierro: Historietas para sobrevivientes, durante el periodo de Ediciones de la Urraca. Esta editorial haría una reedición hacia 1987, dentro del Suplemento Nº 3 de Sex Humor. Habría que esperar más de tres décadas, hasta la edición nacional que acaba de recopilar el trabajo en forma completa, a cargo de Libros del Quiosquito, en un tomo de lujo, con 96 páginas a B/N en formato 28×20 Cms.

El futuro llegó hace rato

Beto Benedetti, es un hombre de mediana edad, inmigrante latino proveniente del sur del continente donde se desarrolla este funesto futuro, presumiblemente América. Habita la denominada Zona B de una megalópolis donde las clases sociales están bien definidas -separadas espacialmente unas de otras- y el estado omnipresente avasalla sobremanera las libertades individuales en pos de perpetuar el status quo imperante, ligado a un capitalismo salvaje donde la principal premisa es el consumo personal. Trabaja como obrero metalúrgico en la empresa Coltrane y trata de apegarse a las normas para pasar desapercibido. Incluso, al punto de acudir periódicamente al Centro de descargas eróticas para liberar tensión sexual a través de una máquina que genera orgasmos. En una de estas sesiones logró ligarse sexualmente a la bella May Dosant, joven de otro nivel social con quien inició una relación.

En esta gran urbe ultratecnificada la droga y el sexo se ofrecen en las calles y comercios, a modo de esparcimiento, pero la lectura está prohibida, una fuerza policial vela por mitigar revueltas y estallidos sociales entre las masas, al tiempo que se ofrece al ciudadano de a pie la posibilidad de expresar esa violencia latente mediante logrados simulacros computarizados. El control soñado por la derecha, una sociedad disciplinaria propia de los estudios de Michel Focault (Francia, 1926-1984). En apariencia, obviamente. Lo que realmente interesa a Altuna es indagar en los intersticios de este orden imperante, valiéndose de cierto erotismo y algo de humor, ambos rasgos muy característicos de su estilo, para provocar. En tal sentido, las desobediencias civiles del protagonista en sus interacciones con otros personajes, no hacen sino dar cuenta de sus preocupaciones sobre lo que él mismo veía venir en nuestro mundo.

Bajo esta lógica, Programación rompe el hielo para  que conozcamos, en plan tragicomedia, al casual protagonista de estos relatos -ya que más de una vez quedará relegado a mero secundario-, además de su pareja, de intermitente presencia en las tramas por venir. Pero también, asistimos a lo rutinario que puede resultar la vida en ese mundo, donde todo está pautado como una serie de rutinas secuenciales. El segundo episodio,  Fiel y sumiso, ahonda en estas cuestiones a raíz del inconveniente generado por un accidente callejero en el que se destruye el ordenador personal de Beto, dejando traslucir el eficaz aparato burocrático establecido por el poder de turno, y las consecuencias que implica desconocerlo. El Inmortal, por su parte, involucra a la ciencia como una herramienta al servicio del gobierno, cuando un sujeto de prueba en un experimento social pretende, simplemente, vivir la vida a su manera.

En Love Story, un compañero de trabajo de Benedetti padece un enamoramiento de una mujer que apenas conoce, justo en el momento en que se advierte a la población por un inminente estallido nuclear. Las reacciones de la gente vuelven sobre la idea del ‘sálvese quien pueda’, pero a la vez definen un eficaz método de control social. El cerco, avanza todavía más sobre la idea de la pérdida de las libertades personales, merced a un malentendido que sindica a nuestro antihéroe como posible contacto de un agente extranjero liquidado por el brazo represivo del estado. El sexto capítulo, titulado La bomba, apunta directamente a la maquinaria armamentista del imperio, cuando un excombatiente que padece los efectos psicológicos posteriores a un conflicto bélico, ve su mundo derrumbarse y decide emprenderla contra quienes tienen la verdadera culpa de su estado actual.

Los aparentes errores burocráticos del sistema quedan en evidencia en la trama de El muerto, cuando un conocido del inmigrante cae en desgracia y, pretendiendo tenderle una mano, ambos terminan logrando lo opuesto, con la colaboración de los delincuentes de turno y las fuerzas del orden. Un encuentro casual con un viejo amigo deriva en otro eficaz dardo al militarismo en Special Forces, con cierta efectiva moraleja hacia el final. En El crítico, se vuelve sobre el tema del consumo y las formas de generar tendencias y modas en materia artística, en una personalísima y mordaz diatriba. La décima y última entrega, Ida y vuelta, exuda tristeza a la vez que arroja sobre la mesa una cierta posibilidad de cambiar la suerte. Pese a todo. Y todos.

Pantalla del mundo nuevo

No cabe duda que estamos ante una obra que ha logrado resistir el paso del tiempo de manera admirable. Será porque la atemporalidad de Ficcionario reside fundamentalmente, además de su innegable potencia gráfica -con al artista en un nivel descollante, que invita a recorrer las viñetas más de una vez para apreciar con detenimiento el enorme esfuerzo desplegado en los fondos, detalles, climas, por no mencionar encuadres, manejo de la anatomía y gestos de los personajes- en su carácter premonitorio. Las múltiples referencias literarias, cinematográficas y hasta psicológicas que influyeron el trabajo están ahí, claro, pero el todo es mucho más.

Muchos de los planteos e ideas que esta gran obra de carácter adulto despliega, exacerbadas casi al nivel de un grotesco, filtradas con precisión por medio de acertadas cuotas de humor y sensualidad para que el resultado sea legible e invite a la reflexión en lugar de deprimir, son, mal que nos pese, peligrosas realidades con las que convivimos a diario por estos días. Haberlas entrevisto hace tanto tiempo atrás, en coyunturas personales y sociales realmente adversas, habla muy bien de la sensibilidad de Horacio Altuna. No tanto de nosotros.

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39 años, Licenciado en Comunicación Social. Comiquero por naturaleza, casi. Cinéfilo. Voraz lector, accidental escritor.

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