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Gul: Trabajos de Horror Perdidos

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Gul: Trabajos de Horror Perdidos

Netflix continúa añadiendo a su menú alimentos visuales de origen exótico (para nosotros), esta vez se trata de una serie india cuya mezcla de géneros promete, aunque lamentablemente no cumple.

En un futuro cercano La India se ve sometida a una dictadura religiosa que impone la persecución ideológica y racial de todos los que no sigan el credo oficial, particularmente los musulmanes, considerados culpables de ser terroristas, hasta que se demuestre lo contrario. Nida Rahim (Radhika Apte) es una joven musulmana pero que adhiere fanáticamente a la propaganda oficial, tanto que se está entrenando para ser «interrogadora». Su padre (S. M. Zaheer) es profesor, lo cual ya de por sí lo ha puesto en la mira del gobierno, pero para peor es uno de esos docentes peligrosos que fomentan el libre pensamiento en sus alumnos. Tironeada entre el amor al estado y el amor a su padre, Nida pone su lealtad en el gobierno y acaba denunciando al viejo, en la creencia de que le «darán una lección» y lo devolverán al ruedo.

Tal vez como recompensa, y a pesar de no haber completado su entrenamiento, la chica recibe su primer destino profesional: es derivada al centro de detención semiclandestino Meghdoot 31 dónde acaban de ingresar a Ali Saeed (Mahesh Balraj), el terrorista más buscado por el gobierno. Al participar del interrogatorio, Nida descubre que hay algo muy extraño en el prisionero y pronto ella y todo el personal de la prisión estarán luchando por sobrevivir al ataque de una criatura sobrenatural.

INTERESANTE, PERO…

El primer punto a favor de Gul (o Ghoul, tal s título original) es la mezcla de géneros. Introducir una historia de demonología en el contexto de ciencia ficción de una distopía near future es una idea original y atractiva, al menos para los que gustamos de ese tipo misturas. El segundo punto a favor es la ambientación. La lluvia omnipresente, el ambiente claustrofóbico y la violencia explicita colaboran para que el espectador se sienta atrapado por la atmósfera opresiva de la serie.

El principal punto en contra lo determinan las contradicciones del personaje principal. Nida cree a pie juntillas que el Gobierno está haciendo lo mejor para el país y que es necesario combatir a los enemigos del estado por todos los medios necesarios. Se entrena como experta en «Interrogatorios Avanzados», lo que no es más que un elegante eufemismo para decir que va a dedicarse a torturar prisioneros. Y, aun así, parece pensar que lo que ocurre en su nuevo destino profesional está fuera del conocimiento oficial. O Nida es tonta o los guionistas nos están queriendo tomar por tontos a nosotros al presentarnos un personaje así.

En ese sentido, es mucho más honesto el coronel Sunil Dacunha (Manav Kaul), director del centro de detención. Se ve a sí mismo como un héroe, un patriota que hace lo que tiene que hacer para mantener limpio a su país. Es un hijo de puta, lo sabe y le parece bien. Pero Nida es, en el mejor de los casos, una idiota útil y en el peor… una torpe justificación de la «obediencia debida».

Consideraciones ideológicas aparte, otro problema que presenta el personaje principal de esta miniserie es la total ausencia de una gama más o menos surtida de expresiones. La joven Apte se las arregla para mantener una cara de concentración/desconcierto/estreñimiento crónico constante, ya sea que su personaje esté traicionando a su padre o huyendo de un demonio. Y el resto del elenco no la supera por mucho. Al menos, no bailan.

LO MALO, SI BREVE…

Esta primera y por lo que sabemos única temporada se compone de tres episodios, de unos 45 minutos cada uno, lo que la deja más cerca de un telefilm que de una miniserie. El final es abierto, pero no tanto como para pensar en una continuación y la menos parte de la resolución del conflicto resulta muy, pero muy difícil de tragar. Hay una escena sobre el final que no puedo comentar por aquello del spoiler, pero si la ven seguro no se la creen.

En resumen, aunque realmente me gustó la idea y la ambientación, nunca pude sentirme realmente inmerso en la trama porque las malas actuaciones y las actitudes insostenibles del personaje principal me lo impidieron.

Tiene 46 años, es programador y lee ciencia-ficción desde que tiene memoria, aunque su primer libro "serio" lo leyó a los 12.

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