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No entiendo por qué les gustó TANTO Merlí

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No entiendo por qué les gustó TANTO Merlí

Desde que ver series se ha vuelto un deporte más, cada «equipo» tiene sus fanáticos y sus detractores. En esta nota, nos arriesgamos a despertar las iras de la parcialidad de cierta serie catalana.

LA PALABRA «SOBREVALORADA» ESTÁ SOBREVALORADA

Lo primero que hay que decir es que la serie no es para nada mala, por eso la nota incluye y resalta la palabra TANTO. De hecho, la incluiría sin dudar entre las mejores producciones de origen ibérico disponibles en la plataforma. Pero, creo que está un poco (oh, Señor, perdóname por usar esta impía palabra) SOBREVALORADA. Para decirlo de otro modo, me parece que los fans han hecho caso omiso de los defectos que tiene y que no son pocos y se han centrado exclusivamente en sus virtudes… que también las tiene y no en menor medida. Así que, en esta nota, trataremos de repartir elogios y crítica por igual. Una importante advertencia: siempre trato de escribir notas libres de spoiler, pero la naturaleza de esta en particular me lo impedirá. Si no vieron la serie al completo, me temo que no les convenga seguir leyendo. El que avisa, no es traidor.

PRIMERO, LA ZANAHORIA…

Para empezar, reafirmo lo dicho más arriba: Merlí tiene sus virtudes. Y la primera de ellas es lo parejo de las actuaciones. Acostumbrado a encontrar en casi todas las producciones al menos uno o dos miembros de la escuela de Sebastián Estevanez, ver un elenco en el que no haya malos actores es una sorpresa muy agradable.

La segunda gran virtud es que tiene diálogos interesantes. Las conversaciones de Merlí (Francesc Orella) con su madre (Anna Maria Barbany) y con su hijo, Bruno (David Solans), son ingeniosas y entretenidas y lo mismo pasa con la mayoría de las clases de filosofía que dicta el protagonista.

Otro punto destacable son los personajes, que realmente «se hacen querer» y en la mayoría de los casos tienen una evolución interesante a lo largo de las temporadas, aunque algunos tomen rumbos que quizás no nos cierren del todo.

Por último, la serie se encarga de reflejar sin tapujos ni falsos pudores, algunas de las diversas variantes de la sexualidad humana. Homosexualidad, lesbianismo, bisexualidad y travestismo están representados con bastante naturalidad.

…DESPUÉS, EL PALO

Pero no todas son rosas o no estaría escribiendo esta nota, así que vamos a lo que vinimos: Merlí también tiene muchos defectos, que le restan puntos y convierten lo que podría haber sido un Excelente en un mero Aprobado.

Comencemos por el protagonista. Merlí Bergeron se nos presenta en el primer episodio como un profesor desempleado, en tan mala situación económica que lo han echado de su casa y se ve obligado, a sus cincuenta y muchos años, a mudarse con su madre. Un looser. Pero antes de que termine el episodio, ese mismo perdedor se habrá llevado a la cama a Laia (Mar del Hoyo), una profesora que no solo tiene la mitad de su edad, sino que es la más deseada de la escuela, aunque mantiene una relación con el profesor de Gimnasia. ¿Me vais a decir que este carroza pelado y pelín barrigón se lleva al monte a la buenorra del Insti, con dos cojones? Ni de coña, tío. El supuesto atractivo de Merlí, se basa exclusivamente en su arrolladora personalidad y esta personalidad, tan a lo House, será el eje de los primeros episodios. Los protagonistas secundarios no paran de soltar variantes sobre el tema «¡Qué loco, este Merlí!» y se me hizo cuesta arriba bancarme tanto ensalzamiento del protagonista.

No menos increíble que la potencia seductora de Merlí es la dinámica de grupo de los alumnos de su único curso (se ve que en España se paga bien a los docentes, porque nuestro antihéroe se las arregla para vivir cómodamente dictando unas pocas horas semanales). Los chicos se llevan todos bien, y aunque hay unos cuantos estereotipos bien definidos (la gordita, el estudioso, el lindo, la chica fácil, el grandote) no existe la separación típica entre populares y perdedores. No es que esté particularmente a favor de la lucha de clases en el aula, pero no se puede negar que existe en todas las escuelas del mundo… excepto en el Àngel Guimerà. Lo que no evita que después de mostrarnos lo bien que se llevan todos, nos digan que hay un alumno que abandonó el instituto por cuestiones de bulling.

Y ahí vamos con otra cosa que me hizo ruido. Ivan Blasco (Pau Poch), el alumno en cuestión ha quedado tan traumatizado por el maltrato sufrido en clase, que sufre de agorafobia. Lleva tiempo recluido en su casa y viviendo entre la mugre, pendiente solo de las noticias. Pero no serán precisos costosos tratamientos psicológicos, largas horas de terapia ni ayuda profesional alguna. Merlí lo sacará de su ostracismo con algo de psicología inversa, algo de maña… y algo de fuet. Y ya que Miriam (Anna Ycobalzeta), la madre de Ivan, es joven y atractiva… apuntémosle una conquista más al rompecorazones del Guimerà. ¡Qué loco, este Merlí!

Pero claro, no todos aprueban los métodos merlinescos. Si bien el director del instituto, Toni (Pau Durà), le deja pasar la mayoría de las que se manda, con la mira puesta en los resultados (otra similitud con House), otros no lo verán con tan buenos ojos. Durante la primera temporada, la principal oposición vendrá de parte de Eugeni Bosch (Pere Ponce) profesor de Literatura y lengua catalanas cuyo estilo de enseñanza es prácticamente el opuesto al del protagonista. Sin embargo, con el correr de los episodios forjarán algo muy parecido a la amistad, sobre todo cuando en la segunda parte aparezca Coralina (Pepa López), una profesora muy estricta que asume la dirección de la escuela ante la salida de Toni. Coralina es una mujer amargada que se dedica a sembrar la discordia cada vez que puede. Intuimos un trasfondo, una explicación para ese comportamiento, pero la única pista que tenemos es una disputa con su hijo por causa de una herencia. Hacia el fin de la segunda temporada y en un ejemplo de manual del significado del término deus ex machina, Coralina muere en un ridículo accidente. Y con ella muere toda esperanza de conocer su historia. Nunca entenderé que quisieron hacer con ese personaje y eliminarlo de esa forma es una de las fallas más grandes de la serie.

El reemplazo de Coralina como profesora de historia es Silvana (Carlota Olcina). Es joven y atractiva… así que… sí, por supuesto, Merlí se la beneficia. En principio, ambos parecen tener mucho en común: Silvana es tan creativa como Merlí a la hora de dar clases (incluso más) y establece con los alumnos una relación igualmente cercana. Sin embargo, tiene un costado ambicioso que la lleva a hacer algunas jugadas no del todo limpias y la ponen en la posición de villana. Todo esto está muy bien si no fuera porque a último momento cambia de idea y todos tan amigos. Allá va otro personaje desperdiciado.

Antes dije que los personajes evolucionan y eso siempre es de agradecer. La chatura de carácter es uno de los peores defectos que una serie puede tener. Sin embargo, esta evolución en ocasiones los lleva por caminos que quizás no terminen de convencernos. Tal es el caso de Tània (Elisabet Casanovas). Esta chica comienza siendo un estereotipo: es «la gordita». Y allí tenemos el primer problema: se nota a la legua que la actriz no es realmente gorda y que la visten con ropas holgadas para que lo parezca. También es «la inexperta». Mientras sus compañeros disfrutan del sexo en mayor o menor medida, ella no se come una rosca. Pues bien, tras tres temporadas de no recibir ni un beso, Tània al fin tiene su debut y poco después termina haciendo un trío con el facha de la clase, Pol Rubio (Carlos Cuevas) y el menor amigo gay de ambos, que no es otro que Bruno (David Solans). Que quieren que les diga: no me cierra. Y no por motivos morales, sino por simple lógica.

Otro caso similar es el de Iván. Tras vencer su agorafobia y abrirse al mundo, el chico se enamora de Berta Prats (Candela Antón), algo así como la versión femenina de Pol. Cuando ella lo rechaza, Iván abandona toda esperanza en las relaciones, pero luego y por circunstancias fortuitas termina iniciándose en el sexo no con una, sino con dos jóvenes. Casi tan creíble como el sex appeal arrasador de Merlí.

Y ya que estamos con el tema del sexo, resulta sorprendente como profesores y directivos utilizan el instituto a modo de albergue transitorio. Haciendo memoria recuerdo a Merlí con Laila, Laila con Albert (Rubén de Eguía), Merlí con Gina (Marta Marco), Gina con Toni, Merlí con Silvana, Silvana con Óscar Rubio (Oriol Pla) y Eugeni con Mireia (Patrícia Bargalló)… pero puede que me olvide de alguno.

 

EN FIN…

Aunque lejos de ser la obra maestra que pregonan los fieles, Merlí me pareció una serie muy entretenida, bien actuada y con diálogos interesantes. Eso, citando al protagonista, «me la empalma», aunque todos los errores que tienen… «me la bajan».

¿Vale la pena verla?

A pesar de sus errores, sí.

Tiene 46 años, es programador y lee ciencia-ficción desde que tiene memoria, aunque su primer libro "serio" lo leyó a los 12.

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