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Reseña de El Escapista, vibrante novela gráfica escrita por Rodolfo Santullo y dibujada por Horacio Lalia, coeditada por Locorabia Editora y Grupo Belerofonte

Reseña de El Escapista, vibrante novela gráfica escrita por Rodolfo Santullo y dibujada por Horacio Lalia, coeditada por  Locorabia Editora y Grupo Belerofonte

 

Sentencia de muerte

 Lalia y Santullo. Convengamos que, desde el vamos, una historieta que reúne a estos dos apellidos no solo promete, sino que también genera cierta curiosidad en el lector. Uno, veterano dibujante, verdadero prócer viviente del medio, dueño de una trayectoria tan amplia como variada, transitando casi todos los subgéneros, que ha trabajado en mayor o menor medida con los principales guionistas del país, mundialmente reconocido por su labor en el terror gótico.

El otro, joven guionista, acaso uno de los más prolíficos de su generación, inquieto y versátil como pocos, capaz de abordar con probada solvencia las diferentes variantes genéricas de la historieta, sabiéndose acompañar siempre por el ilustrador adecuado para cada proyecto al que se aboca.

La obra que los unió fue originalmente serializada en Internet entre 2016 y 2017, a razón de una entrega por semana, dentro del E-Zine de Locorabia; consta de ocho capítulos que totalizan 96 páginas y bien podría definirse como un intenso thriller carcelario, de marcada impronta sobrenatural. Referencias temáticas hay muchas, dentro y fuera del noveno arte, pero la particular mixtura propuesta tiene en esta ocasión un tinte distintivo, bien explicitado textualmente por Cristian Mallea en el prólogo. Nos referimos, obviamente, al color local. Honrando en forma consciente o inconsciente aquella premisa oesterheldiana acerca de la pertenencia, el domicilio de la aventura nos involucra, porque la trama de ‘El Escapista’ transcurre acá nomás, cruzando el charco. Uruguay es el escenario propuesto, sin mayores precisiones geográficas sobre el emplazamiento del penal, dato que carece de importancia, puesto que no afecta en nada al verosímil, construido mediante modismos coloquiales en el habla de los personajes.

Condena brutal

 El relato se inicia con el ingreso del misterioso penado 1814 al instituto correccional. Hombre de mediana edad, se presenta él mismo ante los lectores, utilizando una primera persona que sirve para involucrarnos de lleno en la acción, conociendo más bien poco sobre su pasado o el delito que lo llevó allí, pero mucho sobre el posible fin que persigue su estancia en el lugar. Otro personaje al que descubrimos en esta primera instancia es el ‘Canario’, uno de los capos del presidio, que lidera a su gente contra otro grupo, manejado por el no menos peligroso ‘Polaco’. Cada facción cuenta con sus propios subalternos, conviviendo en un delicado equilibrio que involucra además a Menéndez, director del presidio; negocios sucios, inesperadas lealtades y traiciones que están a la orden del día. La aparición del nuevo recluso, apodado el ‘Nariz’, y su posible cometido cambiará para mal el status quo imperante puertas adentro.

Paralelamente y con un desarrollo más lento, acotado, a manera de plot secundario sobre el principio o cierre de cada episodio, va presentándose el otro costado de la historia, que involucra a las temibles criaturas primigenias literarias creadas allá lejos y hace tiempo por el escritor norteamericano Howard Philips Lovecraft. En este apartado y lejos del mero homenaje, opción argumental fácil teniendo a Lalia en el proyecto, Santullo opta por el camino difícil, que vendría a significar sacarle todo el jugo al contexto, hombres de dudoso pasado en un entorno de reclusión y privaciones, mentalmente inestables y, por ello, proclives a la temible llamada de Cthulhu.  Una y otra subtrama conviven sin mayores tensiones durante el resto de la narración, que no responde a una linealidad temporal definida, puesto que alterna flashbacks y perspectivas personales, entrelazándose sutilmente hasta llegar a la inevitable colisión sobre el tramo final, con imprevistas consecuencias sobre el entorno todo.

Plan de escape

El cierre de ambas líneas argumentales reviste cierto grado de ambigüedad, puesto que si bien nuestro audaz preso consigue, pese a los muchos contratiempos padecidos, llevar a cabo su cometido en el interior de la prisión, lo cierto es que el enigma sobrenatural persiste como telón de fondo durante y después de la huída. ¿Acaso la clave para resolver ese misterio la tenga el enajenado Montserrat, verdadero incitador de la maldición que cayó sobre el presidio y sus residentes? Y a propósito de este interno, ¿el daño físico que ocasionó al Nariz tendrá alguna consecuencia a futuro? Dos preguntas surgidas tras la lectura del volumen que bien podrían ser más.

Tal vez sea una presunción de quien esto escribe, pero creo no equivocarme al afirmar que hay olor a continuación para esta historia, después de todo, sobran tópicos para ahondar a futuro en caso de que ello ocurra. De no ser así, la única crítica al guión que se me ocurre tiene que ver con que por momentos la interna del penal se vuelve muy interesante, haciendo que los personajes secundarios cobren tanta chapa y vuelo propio, que terminan opacando al principal en el protagonismo asumido.

Por lo demás, el talento y oficio de Don Horacio en la faz gráfica se aprecian en el hecho de acompañar perfectamente bien a la trama en sus dos vertientes, sorteando con creces el desafío argumental propuesto. Aclaremos, el lado de mayor realismo está muy logrado, reflejando en forma correcta la cotidianeidad del presidio, con el hacinamiento de los reclusos y sus rutinas diarias, destacándose su gran laburo en el diseño y caracterización de los diferentes personajes. Asimismo, el segmento correspondiente al elemento fantástico, que va ganando terreno conforme los capítulos avanzan, brilla en su trazo mediante la oscuridad que impera en los climas, la forma que encuentra para que lo ominoso se imponga poco a poco sobre los fondos, convirtiéndose en un verdadero pandemonium sobre la segunda mitad, con sombras que comienzan a gobernar lentamente el interior y exterior, zombies vegetales y al fin, la enorme bestia púlpica, en todo su terrorífico esplendor. Un trabajo notable.

Experiencia y juventud, dos generaciones de creadores de historieta que se cruzaron para desarrollar una novela gráfica difícil de clasificar, por demás de interesante, de esas que vale la pena conseguir para atesorar en la biblioteca comiquera. Y volver a leer de tanto en tanto. Se agradece el esfuerzo.

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38 años, Licenciado en Comunicación Social. Comiquero por naturaleza, casi. Cinéfilo. Voraz lector, accidental escritor.

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