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Netflix en tu propio idioma (o casi) 2: Mar de Plástico

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Netflix en tu propio idioma (o casi) 2: Mar de Plástico

Segunda entrega de esta serie de notas analizando producciones en castellano que podemos ver en nuestra plataforma de streaming favorita.

Para la segunda entrega de estas notas sobre series en idioma español que podemos encontrar en Netflix, elegí un policial de dos temporadas que tiene mucho a favor, pero también mucho en contra, lo que lo ubica en un nada deshonroso punto medio.

MAR DE PLÁSTICO

Mar de plástico es una producción hispana de 2015 que tuvo una segunda temporada en 2016. Su formato la emparenta con series como The bridge (2013 – 2014), The killing (2011 – 2014) o la también española Bajo Sospecha (2014 – 2016): cada temporada cubre la investigación de un único crimen… y las tres tuvieron solo dos partes.

PRIMERA TEMPORADA (2015): EL CRIMEN DE AINHOA

La serie transcurre en el ficticio pueblo de Campoamargo, en la provincia de Almería. Es una ciudad muy chica y provinciana cuya vida gira en torno a «los plásticos», los inmensos invernaderos que marcan la geografía del lugar. En esas tierras, propiedad de Juan Rueda (Pedro Casablanc) aparece un día la cabeza cercenada de Ainhoa Sánchez (Mara Lopez), hija de la alcaldesa Carmen Almunia (Eva Martín). La investigación del homicidio queda a cargo de Héctor Tarancón (Rodolfo Sancho), un guardia civil que ha regresado recientemente de Afganistán, en donde perdió a su mejor amigo Pablo (Miquel Fernández) para cumplir con la promesa que le hizo de cuidar a su viuda Marta Ezquerro (Belén López) y su hijo Nacho (Máximo Pastor). El crimen de Ainhoa sacudirá el avispero que es Campoamargo y muchos secretos escondidos saldrán a la luz.

Además de este horrendo asesinato, la serie sigue otras dos tramas secundarias. Por un lado, el Trastorno de Estrés Post Traumático de Héctor y la relación que entabla con la viuda de su amigo, de la que previsiblemente ha estado enamorado desde siempre. Por el otro, se intenta dar un pantallazo de la situación social en ciertas regiones de España; jornaleros que trabajan en condiciones de semiesclavitud y una xenofobia generalizada con los gitanos en contra de los «payos», los españoles en contra de los gitanos, los «moros» y los «negros» y estos últimos, que lejos de hacer causa común contra los «blancos», también se enfrentan entre sí.

La trama principal está bastante bien manejada. Los sucesivos descubrimientos que apuntan a diversos sospechosos y abren nuevas líneas de investigación resultan suficientemente creíbles para mantener el interés hasta el desenlace final. Y, sea nos sorprenda o no, dicho desenlace se sostiene perfectamente. No ocurre lo mismo con las tramas secundarias.

Por el lado del EPT de Héctor, no se explica cómo se ha podio reintegrar a la vida policial a alguien que quedó tan traumatizado que es incapaz de disparar un arma… ¿acaso se les pasó por alto hacerle una revisioncita cuando volvió? La relación con la viuda y su hijo discurre por los cauces normales, con las idas y venidas esperables en estos casos, sin una sola sorpresa y con varios amagues que impiden que entendamos de verdad quién fue Pablo y cuál era la naturaleza de su relación con estas tres personas que lo sobreviven. No puedo fundamentar más para no spoilear, pero algo turbio ocurrió durante la guerra y llegaremos al último capítulo sin estar muy seguros de qué fue lo que realmente pasó, a fin de cuentas. La explicación que nos da está demasiado sujeta con alambres como para que cuadre.

Por el lado de los enfrentamientos étnicos, no se los podía tratar de una manera más pueril. Todos los clisés del género se hacen presentes y la cereza del postre la constituye el romance interracial entre una muchacha de raza negra y el racista ex novio de Ainhoa. Ambos se conocen cuando el muchacho intenta prenderle fuego al hermano de la chica… ¿no es fabuloso el amor? No digo que alguien no pueda cambiar, pero los guionistas no se han tomado la molestia de intentar explicarnos cómo es que Lucas Morales (Jesús Castro) pasa de ser lo suficientemente fanático como para tatuarse una esvástica en el pecho a enamorarse de una subsahariana como Fara (Yaima Ramos).

HOUSTON: TENEMOS UN PROBLEMA… DE CASTING

La escasa credibilidad y coherencia de las tramas secundarias se ve potenciada por otro grave problema: la dispar calidad actoral. En el punto más bajo tenemos justamente a Jesús Castro y Yaima Ramos, dos personas que si no fuera por su belleza física uno no entendería qué diablos están haciendo en televisión. Particularmente Castro no está en condiciones de actuar siquiera en una obra escolar, salvo que haga de árbol, papel que desempeñaría perfectamente porque es de madera. En el extremo opuesto encontramos a Pedro Casablanc y a quienes interpretan a sus hijos en la ficción: Fernando Rueda (Patrick Criado) y Sergio Rueda (Fede Aguado). El último compone a un joven con cierto retraso mental y realmente se luce en el papel, sirviendo en ocasiones de alivio cómico, pero no dando tregua en las escenas dramáticas. Entre los demás hay de todo… si incluso Sancho que es el protagonista principal, se queda bastante corto en cuanto a calidad interpretativa ¿qué le podemos pedir al resto?

Aún con todos estos bemoles, la serie es un buen policial. Podría haber sido mucho mejor si se hubiera buscado más profesionalismo actoral, y en lugar de estirar el argumento con distracciones innecesarias que solo sirvieron para sumar minutos hasta completar los trece episodios de una hora promedio de duración, se hubiera optado por reducir el número de capítulos (quizá ocho o nueve habrían bastado), con menos relleno, pero más sustancia.

 

SEGUNDA TEMPORADA (2016): EL ASESINO DEL MARTILLO

Al final de la primera temporada, se muestra el descubrimiento de un nuevo cadáver. El crimen no parece estar relacionado con el de Ainhoa, pero nuevamente son las tierras de Juan Rueda el lugar elegido para desechar el cuerpo. Pronto queda claro que sea quién sea que está detrás del asesinato, tiene una lista de víctimas y no se va a detener hasta acabar con todos y cada uno de ellos.

VIEJOS PERSONAJES, NUEVOS CONFLICTOS

Si llegaron hasta aquí y siguen leyendo, voy a tener que dar por sentado que ya vieron la primera temporada. Así que no vale enojarse por el siguiente spoiler: en un giro supuestamente sorpresivo de la trama, Pablo está vivo y reaparece en el pueblo y en las vidas de su esposa e hijo. Y de su amigo, que se ha pasado los últimos meses «consolando» a la viuda. Y no está feliz.

Así que la temporada empieza con que estos dos amigos de toda la vida, que según se nos había dicho eran como hermanos, ahora son enemigos acérrimos. Se entiende que a Pablo no le haga ninguna gracia la forma en la que actuó su compañero, pero la saña desmedida con la que se enfrentan y sobre todo la facilidad con la que Héctor asume que Pablo es quién está detrás de la nueva ola de crímenes tiene tan poco sentido como la explicación que se nos da para haber fraguado su muerte. Así que, desde el primer episodio, los guionistas ya nos están pidiendo que suspendamos el sentido común y nos creamos todo lo que se nos cuenta, sin chistar. «Me estáis buscando la ruina, me cago en to’os tus muertos», como diría Lolo Requena (Jesús Carroza).

IGUAL PERO DISTINTA

La buena noticia para esta temporada es que Lucas y Fara ya no están aquí para bajar en varios puntos el nivel actoral. La mala es que Miquel Fernández, quien interpreta al resucitado Pablo, es apenas un poquito mejor actor que ellos. Y tiene un papel principal en esta segunda parte, así que veremos mucho su inexpresivo rostro y su ridículo bigotito. Por suerte los tres varones Rueda siguen ahí para levantar el promedio. Entre las incorporaciones, viene bien el malo maloso, Vlad (Florin Opritescu), un mafioso serbio que parece hecho a medida para el papel que le asignaron.

Además de la investigación de los nuevos crímenes, la trama discurre acerca de la vida en prisión del responsable del crimen de Ainhoa y la llegada al pueblo de la mafia serbia con un nuevo negocio de trata de blancas. En menor medida, se trata el tema de los problemas de dinero de la familia de Lola Requena (Nya de la Rubia), un nuevo romance interracial y más conflictos étnicos, contados con la misma ligereza de la temporada anterior.

El guion conserva las virtudes y defectos de la pasada entrega. El hilo principal mantiene la atención del espectador, pero le vuelven a sobrar unos cuantos episodios, sobre todo en lo tocante al conflicto entre Pablo y Héctor, que realmente pone a prueba nuestra paciencia con su falta de credibilidad y sus idas y venidas. Igual que en la temporada anterior, algunos detalles quedan colgados. La gran diferencia la hace (al menos para mí) la identidad del asesino, que una vez desenmascarada no me resultó para nada creíble.

Como detalle curioso, hay que decir que Antena3, la responsable de su emisión en España, realizó una suerte de encuesta antes del estreno del último episodio. Los televidentes debían elegir entre «justicia» y «venganza» y esto decidiría el tono que tendría la conclusión de la serie. Inmediatamente después de finalizado el capítulo, se proyectó un especial que incluía el final alternativo. Aunque el especial no está disponible en Netflix, si quieren ver como podría haber terminado la serie, pueden hacerlo aquí. La diferencia no es tanta como podría suponerse.

EN RESUMEN

El promedio de calidad de Mar de plástico no la ubicará en el tope de ningún podio, pero tampoco en la lista de las peores. No deja de ser un policial con ideas interesantes y una resolución satisfactoria al menos en lo que respecta a la primera temporada, no tanto a la segunda. Aunque sea un detalle menor, la fotografía merece destacarse: los paisajes de la zona impactan por su belleza y «los plásticos» que dan nombre a la serie son impresionantes en su extensión. Como se ha dicho, la calidad actoral es despareja, algo a lo que lamentablemente comenzamos a acostumbrarnos.

¿Si a pesar de todo, la recomiendo?

Sí, a pesar de todo, la recomiendo.

 

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