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PER ASPERA, AD ASTRA: HISTORIA DE LA CIENCIA FICCIÓN

FANTACIENCIA

PER ASPERA, AD ASTRA: HISTORIA DE LA CIENCIA FICCIÓN

¿Por qué un libro, película o cómic debe considerarse como ciencia-ficción y no como perteneciente al mundo de algunos de sus «parientes» cercanos como la fantasía?
Primera parte de una serie de escritos en los que el Dr. Jota Farias, a través de una minuciosa reseña histórica, nos acercará una definición clara de los alcances de este género.

La ciencia ficción no es un género fácil de definir. Ni los expertos ni los fanáticos encontramos sencillo explicar al neófito exactamente por qué un libro, película o cómic debe considerarse como ciencia-ficción y no como perteneciente al mundo de algunos de sus «parientes» cercanos como la fantasía (véase sino esta nota). Ha sido también bastante menospreciado, considerado un género «menor» en comparación con otros supuestamente más serios. En esta serie de notas intentaré realizar una reseña histórica que nos ayude a conocer a la ciencia ficción y nos acerque a una definición de los alcances de este género, tratando de paso de desestigmatizarlo, demostrando el valor de sus obras.

ORÍGENES
(Siglo II – Principios de 1930)

La ciencia ficción es hija de la novela de aventuras. Habitualmente se reconoce como sus padres al francés Julio Verne y al inglés Herbert George Wells, quienes con obras tales como Cinco semanas en globo (1863), Viaje al centro de la Tierra (1864) o De la Tierra a la Luna (1865) en el caso del primero y La máquina del tiempo (1895),  El hombre invisible (1897), La guerra de los mundos (1898) y Los primeros hombres en la luna (1901) en el caso del segundo, llevaron la aventura un paso más allá, adentrándose en los límites de lo inexplorado.

Pero a veces pasamos por alto a su madre, Mary Shelley, quien se adelantó un lustro a los citados autores publicando en 1818 su Frankenstein o El moderno Prometeo. Si bien debemos a Verne y Wells ideas que se convertirían en pilares del género como la invisibilidad, las invasiones extraterrestres, el viaje en el tiempo o la exploración del espacio, cuando ellos llegaron, Mary ya estaba allí, con su científico loco y su incomprendida y perseguida criatura.

Y en los años 30 del mismo siglo, Edgar Allan Poe ya tenía publicados relatos como La incomparable aventura de un tal Hans Pfaal, El poder de las palabras, Revelación mesmérica, La verdad sobre el caso del señor Valdemar, Un descenso al Maelström o Von Kempelen y su descubrimiento, que incluyen elementos calificables como de ciencia-ficción: el mesmerismo, los viajes en globo (tecnología innovadora para la época) o la especulación cosmológica.

Por supuesto, todas estas obras y muchas otras quizá no tan conocidas pero de similares temáticas, no se clasificaron como de ciencia ficción, porque oficialmente el género aún no existía. De hecho para el público no especializado, la novela de Shelley y la criatura que la protagoniza aún se consideran íconos de la literatura y el cine de terror y no se los relaciona con la fantasía científica. Esto se debe en gran medida a la popularización de «el monstruo de Frankenstein» como criatura sobrenatural sin tener en cuenta el componente científico que lo emparenta con el género.

Recién alrededor de un siglo más tarde, en 1926, el editor norteamericano Hugo Gernsback acuñó el término science-fiction y lo incorporó a la portada de una de las revistas de narrativa especulativa más conocidas de los años 20: Amazing Stories. Inicialmente, Gernsback había probado con el vocablo «scientifiction» pero no consiguió popularizarlo. El término science-fiction se trasladó al español como «ciencia ficción», traducción demasiado literal, ya que lo apropiado siguiendo las reglas de nuestro idioma sería «ficción sobre la ciencia» o «ficción científica». Si bien esta última forma es gramaticalmente más exacta, la costumbre está arraigada y se lo utiliza en muy pocas ocasiones.

Algunos autores conocidos en otras ramas de la literatura (como el citado Poe) supieron incursionar en el joven género. Tal el caso del creador del inmortal detective Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle, con trabajos como los protagonizados por el Profesor Challenger: El mundo perdido (1912), La zona ponzoñosa (1913), La tierra de la niebla (1926), Cuando la Tierra lanzó alaridos (1928) y La máquina desintegradora (1929). En estas historias (con la salvedad de La Tierra de la niebla, un panfleto espiritista sin ninguna conexión con el resto) el protagonista se enfrenta a algunos de los temas y escenarios comunes en el género: criaturas prehistóricas, civilizaciones perdidas, el fin del mundo, los científicos malvados y la posibilidad de que el planeta Tierra sea un organismo vivo.

Otro escritor de novelas de aventuras que trabajó algunas historias de ficción científica es Jack London. En El talón de Hierro (1908), el autor de Colmillo Blanco describe una sociedad futura (la acción transcurre en el siglo XX) regida por el totalitarismo de los monopolios industriales, que cuentan con el apoyo de los grandes sindicatos para mantener oprimida a la masa obrera… caramba, que coincidencia, como diría Les Luthiers. En La invasión sin precedentes (1910), London nos cuenta como China decide solucionar su problema de superpoblación invadiendo los países vecinos y eventualmente amenazando con conquistar el mundo. La respuesta de las naciones occidentales no se hace esperar: bombardean el país asiático con decenas de enfermedades infecciosas. El genocidio es descrito con lujo de detalles y plenamente justificado por el autor como «la única solución posible al problema de China». Dejando de lado la absoluta Incorrección política del texto, es importante destacarlo como la primera aparición de la idea de guerra bacteriológica a gran escala.

Tampoco se puede dejar de lado a Edgar Rice Burroughs, creador de Tarzán y autor de varias sagas de ciencia ficción, como la Serie Marciana, formada por Una princesa de Marte (1917), Los dioses de Marte (1918), El señor de la guerra de Marte (1919), Thuvia, la doncella de Marte (1920), El ajedrez viviente de Marte (1922), El cerebro supremo de Marte (1928), Un guerrero de Marte (1931), Espadas de Marte (1936), Los hombres sintéticos de Marte (1940) Llana de Gathol (1948) y John Carter de Marte (1964). También la Serie de Venus, compuesta por Los piratas de Venus (1934), Perdidos en Venus (1935), Carson de Venus (1939), Escape en Venus (1946) y El hechicero de Venus (1970). O la Serie de Caspak, que conforman El país del tiempo olvidado (1918), La gente del tiempo perdido (1918) y El abismo sin tiempo (1918). Y la breve Serie de la Luna, que contiene sólo dos novelas: La criada de la Luna (1926) y Los hombres de la Luna (1926). Otras obras de género del mismo autor son El continente perdido (1916), Los hombres monstruo (1929) y Más allá de las estrellas (1941). Si bien en las obras de Burroughs prima el sentido de la aventura heroica, estas no carecen de una cierta base científica. El Marte que imagina el autor se inspira en el descubrimiento de los «canales» marcianos, realizado por Giovanni Shciaparelli en 1877 y que dio origen a la idea de un planeta reseco, que obligaba a las antiguas civilizaciones que lo habitaban a realizar titánicas obras de ingeniería para sobrevivir. Un ambiente extremo, perfecto escenario para las más fantásticas aventuras, pero inspirado en lo que en ese entonces eran las teorías científicas en boga.

Fuera del ámbito anglosajón resalta la figura de Karel Capek, introductor del término robot en su obra teatral R.U.R. (acrónimo de Robots Universales Rossum, 1920) y creador del clásico de la ciencia ficción La guerra de la salamandras (1937), una irónica crítica al avance del nazismo y sobre todo a un orden mundial con pocas posibilidades de detenerlo y aún menos interés en hacerlo.

Yendo aún mucho más atrás en la historia, se pueden encontrar obras calificables como de ciencia ficción en el lejano pasado literario. Algunos autores se refieren a Luciano de Samosata, quien en el Siglo II relata un viaje a la Luna en su novela corta, Historia Verdadera. Otros citan a Cyrano de Bergerac, y su obra Historia cómica de los Estados e imperios de la luna (1657) o  Las Aventuras del Barón de Münchhausen (siglo XVIII), ya que ambas narraciones incluyen visitas al satélite natural de La Tierra. E incluso se suele traer a colación Utopía (1516) de Tomas Moro, donde se describe una sociedad ideal situada en una isla artificial. De hecho, esta obra da nombre a uno de los subgéneros de la ciencia ficción, el que se encarga de describir justamente sociedades perfectas.

En lo personal, siempre recuerdo Los viajes de Gulliver (1726), de Jonathan Swift. No el cuento infantil en que fue convertido, sino la aguda crítica social que originalmente era. En la novela de Swift, el capitán Lemuel Gulliver protagoniza varios naufragios (al parecer, hacerse a la mar con él no era buena idea) y gracias a ellos conoce extraños lugares y organizaciones sociales que le sirven al autor como excusa para criticar, por comparación, la moral del hombre de su época en general y de Inglaterra en particular. Sin embargo, dos nombres muy resonantes, como son el físico Carl Sagan y el escritor Isaac Asimov coinciden en que (1623) de Johannes Kepler es el primer relato de ciencia ficción como tal, ya que no se limita a narrar las aventuras de un viajero que llega a la Luna, sino que muestra la inquietudes y especulaciones científicas de su autor.

Tanto estos ejemplos tempranos de ciencia ficción como los mencionados trabajos de Shelley, Wells, Verne, London, etc. tienen su raíces en la literatura de aventuras de la época en que fueron escritos, pero se destacan por situarse en escenarios no convencionales (el fondo del mar, otros planetas, continentes desconocidos) o explorar posibilidades «científicas» aún no experimentadas (dotar de vida una criatura compuesta de restos humanos, una invasión extraterrestre) a la vez que introducen un elemento de reflexión y crítica social. La ciencia ficción, ya desde sus albores, se perfilaba como una extensión de la aventura y la literatura de evasión, pero era al mismo tiempo el vehículo elegido para expresar inquietudes más profundas. Esta doble identidad acompañará al género durante toda su historia, tal como veremos en las próximas entregas.

Tiene 46 años, es programador y lee ciencia-ficción desde que tiene memoria, aunque su primer libro "serio" lo leyó a los 12.

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